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La forja de un villano jamás es un juego

11/21/2023

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Post de Naiara Salinas
Si nada más acabar de leer la última parte de la trilogía de Los Juegos del Hambre me hubiesen preguntado qué me parecía una historia sobre el pasado de su presidente, Coriolanus Snow, hubiese respondido sin tapujos que había mejores personajes por explorar, como el arisco mentor Haymitch, el elegante y revolucionario Cinna, el romántico Finnick o hasta el misterioso Distrito 13 al completo. Por suerte para mi yo adolescente, que no recibirá una colleja desde el futuro presente, tal decisión tardaría unos cuantos años en llegar, gestionándose desde las sombras pasito a pasito para no dejar ningún cabo suelto, esperando lo justo a que la sociedad (incluida yo) estuviera preparada para la respuesta a una pregunta que posiblemente se hubiese formulado en su día con cierta incomodidad (dejando a un lado las referencias históricas, por supuesto): cómo alguien puede ser tan vil como para enviar niños a la muerte todos los años.

La primera edición de Balada de pájaros cantores y serpientes vio la luz en 2019 y salió al resto del mundo en 2020, año que no pudo ser más distópico y que precisamente nos llevó a mirar nuestro recorrido como humanidad para, durante al menos un lapso de tiempo, valorar todo lo que habíamos perdido y preguntarnos cómo habíamos podido llegar a eso. Vamos, que mejor momento para mostrar las consecuencias inmorales de un conflicto bélico por la explotación de recursos y la opresión al pueblo hasta caer en una sociedad languideciente y cada vez más desesperada por sobrevivir imposible. Ahora, esa precuela que partía de un éxito editorial, con mejor luz que otras, ha llegado a las salas justo cuando los conflictos armados son uno de los ejes noticiarios del día a día, quizá para que no olvidemos su mensaje (y para hacer cash también, claro). 
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©Imágenes de Jo Willems, 2023
La Balada de Lucy Gray

​Cuando hablamos de balada, siempre pensamos en una composición musical triste o sentimental, lo que sin duda viene bien para anticipar una trama romántica con un final fatal. Pero durante el siglo XIX (época del Romanticismo) en Inglaterra también era un tipo de recital que narraba en tono épico una biografía o una serie de gestas, de forma bastante similar al cantar de gesta medieval. Como Suzanne Collins es una escritora que se precia de escoger muy meticulosamente los nombres, inspirándose en personajes literarios e históricos, achacamos este título a su intención para con el perfil de Snow partiendo de su popular reflexión: "Son las cosas que más queremos las que nos destruyen" (manifestada en cada promo que ha salido hasta ahora). La trilogía madre ya demostró que siempre hay hueco para el amor durante el horror y la autora está empeñada no solo en mantener la idea, sino también en profundizar. Se puede interpretar que ganar los Juegos es la gesta principal tanto para Snow como para su mentoranda (de la que hay que hablar también), pero esta historia no tendría sentido sin su tema de fondo, pues si de verdad hay amor en el mundo y en el Capitolio queda gente con moral (como la prima del protagonista, Tigris), ¿por qué se permite esta masacre? El título no solo existe para referenciar el romance y la música (un elemento clave en la trama), sino que también refleja la tragedia de una dualidad donde los pájaros cantores (los rebeldes, los sinsajos, la gente que no sigue las normas y pasa por la vida como una llama vibrante que hace algo más que calentar) conviven con serpientes que, si no envenenan, se enroscan poco a poco en su vida hasta asfixiarla. 

Es una historia situada entre dos frentes para mostrarnos la fina línea que los separa: la civilización y la barbarie, el bien y el mal, el amor y el odio... Y de forma inteligente los va tergiversando a través de personajes muy grises que se comportan como humanos en el frente salvaje, o como ovejas sin criterio en el frente civilizado. Por ello, no es de extrañar que Collins cediera la responsabilidad a un hombre con el que ya había trabajado y que había demostrado su eficacia para trasladar esa variedad de tonalidades a la gran pantalla: Francis Lawrence. Mantener casi el mismo equipo de producción que Los Juegos del Hambre es uno de los grandes aciertos de este regreso por la familiaridad con la que el fandom llega al cine, ya que el vínculo con la saga se mantiene bien fuerte hasta el punto de que, como ya comenté en mi repaso, esta se ve enriquecida con los acontecimientos de esta entrega. Y dentro de ese equipo, la mejor decisión ha sido dejarle a James Newton Howard el peso dramático por medio de su partitura, un compendio de notas tan estimulantes como terroríficas y melodramáticas que enaltecen sobre todo las escenas más luminosas y desgarradoras de la Arena. 

Lawrence agarra el guion con más valentía que en la trilogía y camina con seguridad en una propuesta que navega entre el cine bélico, la sátira, el biopic y el cine de espías sin olvidar ni por un segundo a su público original juvenil, ahora adulto. El largometraje mantiene la estructura de la novela, pero le otorga brío al último acto (originalmente descompensado en cuanto a ritmo). Quizá el nivel de tensión se ve algo perjudicado, pero de cara al final no fluctúa. En otras palabras: cualquier mínimo cambio con respecto al libro sienta de lujo a este viaje del villano.
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Un director...
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que retrocede en el tiempo
El reparto, por razones obvias, es lo único que no se recicla y ni falta que hace, pues la elección de tributos humildes, jóvenes mentores y personalidades ilustres no podría ser más acertada, cada uno bien acomodado en su papel como si se hubiera creado para él o ella. Es más, es una de esas adaptaciones donde la variedad y la inclusión se antojan esenciales para apoyar la universalidad de la franquicia y su tema de discusión. Entre los rostros conocidos brilla Rachel Zegler en la piel de la artista Lucy Gray Baird, la primera mitad de esta balada que conecta directamente con su origen literario, un poema del inglés romántico William Wordsworth adaptado convenientemente a una canción para el filme. Por si el nombre no nos diera suficientes pistas, nos encontramos ante una antítesis de Katniss (personaje que también se distinguía por su habilidad para el canto, por cierto) acostumbrada a jugar, a ganarse al público mediante una performance que hace dudar de sus verdaderos sentimientos, mas no de sus intenciones: sobrevivir. Es una chica que se recrea en su misterio y se comporta como una verdadera estrella, siempre destacando, que no teme jugar sucio y al mismo tiempo muestra bondad y sensibilidad en los momentos clave; un personaje tan gris como lo exigen el relato y su compañero, con una presentación que ya querrían muchos. El espíritu de Lucy Gray es tan fuerte que, a pesar de no haber sido mencionada nunca en la trilogía, deja huella poniendo banda sonora a la rebelión, porque en esta saga nunca ha sido tan importante el personaje como aquello que representa (y que solo tiene validez si el personaje está bien desarrollado, ojo). 
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Por arrancar la voz a un pájaro cantor no le cortas las alas. Lucy Gray destaca como uno de los mejores personajes de toda la saga
La Balada de Coriolanus Snow

Tras hablar del interés amoroso, toca centrarse en el protagonista, que a la gran mayoría nos ha servido para conocer a Tom Blyth (para mí, el descubrimiento de la temporada). El inglés de 28 años se ha visto respaldado por la juventud de su personaje para justificar el marcado contraste con la fría elegancia de Donald Sutherland, pero, aun así, no lo ha tenido nada fácil, porque esta no es una historia de orígenes cualquiera: es el punto de inflexión en el que nuestro futuro antagonista abraza la idea de los Juegos, el momento en que inicia su descenso a los infiernos, un recorrido que se va mascando por tramos, porque, como afirma la propia Lucy Gray, "todos tenemos una inclinación natural hacia el bien".

Pero viniendo de un mundo en guerra, tal inclinación se tambalea cuando existe la inseguridad, la desesperación, cuando se alzan las defensas para evitar una pérdida mayor. Y Snow es especialista en mantenerse a la defensiva, siempre cuestionando decisiones en su fuero interno, aunque por fuera de la imagen de la ejemplaridad como buena oveja de corral (o carnero). Su hambre no es tanto de poder como de seguridad; no soporta la incertidumbre, que es todo lo que implica unirse al bando rebelde, porque la incertidumbre es de débiles y cobardes que no tienen un plan de acción, una estrategia. Y Snow es un estratega de cuidado; lo suyo es el control, un deseo que se ve alimentado por su relación con Lucy Gray, a quien la improvisación le sale natural. Su progresivo ascenso no deja de equipararse al de otros líderes políticos totalitarios que aprovecharon las oportunidades para tejer sus artimañas (por ejemplo, Napoleón, que justo estrena biopic esta semana, tendría unas cuantas cosas que decir al respecto). Pero si Lucy Gray era un poema, ¿qué es Coriolano? Una tragedia, de Shakespeare esta vez, sobre un general romano de la República que tras ser desterrado de Roma decide asaltar la ciudad. Sin que valga como spoiler (porque la versión de Suzanne Collins tiene más chicha), es un dato que resulta... iluminador; no en vano estamos hablando del hombre que, pese a sus esfuerzos, condenará a su país a otra guerra que verá la caída del sistema que tanto defiende.

Tom supera el obstáculo a la hora de implicarse en la evolución del futuro presidente con cada jarrón de agua fría que recibe hasta asumir esa frialdad como su nueva personalidad. Es más, no sería tan buen villano si no tuviera un motivo que los espectadores pueden comprender, de la misma forma que comprendieron a Thanos cuando explicó que la mitad de la población universal debía desaparecer para equilibrar las cosas (nota: comprender no es estar de acuerdo, eh). Snow no es un monstruo, a pesar de no tener reparos en asesinar, a pesar de ser partícipe de un castigo inhumano. Uno no acaba la película (como tampoco la novela) indiferente al razonamiento de este individuo, porque lo ha visto con sus propios ojos. ¿Que igual el pipiolo se pasó de dramático y listo? Bueno, ejemplos como ese pululan por nuestra historia en todos los siglos (para drama king, Hitler).
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Dicen que el rojo es el color del amor
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pero también lo es...
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de la ira, la malicia, el peligro y el dominio
Conclusión

Balada de pájaros cantores y serpientes es un relato estimulante y bien dividido que combina la acción de un coliseo con la oscuridad del contexto de entreguerras, así como adquiere escena tras escena un cariz cada vez más turbio. El que lleva siendo fan de toda la vida se va a sentir en casa con la cantidad de tributos (ejem) que el equipo ha dejado sutilmente repartido por el metraje, la banda sonora, las localizaciones, los nombres y hasta el vestuario. Y el que no era fan se verá atraído por la complejidad de los perfiles que se presentan y el cambio de tono en la peculiar historia de amor durante la segunda mitad de la película. Cuando las cosas se hacen bien, enriquecen, así que la dejo en un 9,7. 

Lo mejor: la química palpable entre Zegler y Blyth, la presentación rústica de la Arena, los momentos de acción intensa, el look de científica loca de Viola Davis (repelús, huh), los easter-eggs, la música y el tremendo perfil del villano. Joder, es que es una GRAN adaptación. 
Lo peor: aunque han recortado convenientemente la última parte de la novela, continúan siendo más atractivas las dos primeras, y de hecho es una pena no tener tiempo para explorar más el Capitolio o los pasajes de los Días Oscuros (ya se le podría haber ocurrido a Collins más precuelas, aunque fuesen como relato corto). Ah, y que hay canciones que se han quedado fuera del montaje final (se entiende, no obstante). 
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